Los Balcanes experimentaron un período de transformación como parte del expansivo Imperio Romano. La culminación de la conquista de Tracia tuvo lugar durante el reinado del Imperio Romano, marcada por una importante campaña liderada por el estimado general romano Marco Licinio Craso entre el 29 y el 27 a. C. Esta conquista crucial coincidió con la ascensión del primer emperador romano, Octavio Augusto, a un gobierno independiente. Posteriormente, las tierras que bordeaban el Danubio sucumbieron a la autoridad romana, formando inicialmente un distrito militar o prefectura bajo el gobierno del gobernador de la provincia macedonia. Este distrito abarcaba principalmente una estrecha franja a lo largo de la orilla sur del Danubio. Aproximadamente hacia el año 15 d. C., los territorios conquistados se organizaron oficialmente en una provincia romana, denominada Misia.
En la zona norte del territorio tracio, las tierras que se extendían hacia el este desde el río Yantra hasta la costa del Mar Negro y la desembocadura del Danubio fueron confiadas al reino aliado de Odris. Sin embargo, en el año 45 d. C., el emperador Claudio anexó estas tierras, incorporándolas a la provincia romana de Tracia.
El panorama administrativo del Imperio Romano experimentó importantes reformas a finales del siglo III y principios del IV bajo los emperadores Diocleciano y Constantino el Grande, lo que resultó en una estabilización temporal. Cabe destacar que la reestructuración administrativa condujo a la proliferación de provincias, que se organizaron en entidades administrativas más grandes, como diócesis y prefecturas. De las dos Misias originales (Alta y Baja), surgieron cinco nuevas provincias, mientras que la antigua provincia de Tracia dio lugar a cuatro provincias distintas.
Una iniciativa histórica de Constantino el Grande fue el traslado de la capital del imperio de Roma a Bizancio, situada a orillas del Bósforo y posteriormente rebautizada como Constantinopla en su honor. Este cambio monumental tuvo profundas implicaciones para las provincias tracias, que se encontraban muy cerca de la floreciente capital. La proximidad facilitó un resurgimiento económico temporal e impulsó el fortalecimiento de las medidas defensivas contra las inminentes incursiones bárbaras. En el año 313, Constantino promulgó el Edicto de Milán, decretando el cristianismo como religión oficial del Imperio romano. Este decreto crucial anunció el auge del cristianismo como la fe dominante dentro del imperio durante el siglo IV, influyendo profundamente en el panorama religioso de los territorios tracios y más allá.
